Despacio

cierro la puerta suavemente.

Cuento uno-dos;

a mi espalda la casa está sumida en la negrura.

 

Valiente,

como en el cómic,

me enfrento a la cocina

y a los

deshechos

del final del día.

 

Así, recojo sola

dos platos,

dos vasos,

dos tenedores

-la lata está medio llena así que la guardo en la nevera-.

Apago la luz de la cocina

como el que da un tema por zanjado.

 

Ahora, en el cuarto de baño,

le planto cara a mi reflejo,

con la mano aparto el flequillo

para poder mirarme a los ojos.

Las bragas, la camiseta de tirantes y el pelo

recogido sin mucha paciencia

me devuelven a mi insignificancia,

de la que me había olvidado antes de cerrar la puerta.

 

Entonces Yuki mira a la puerta

con las orejas levantadas

y me atrevo a pensar

que eres tú,

que vuelves.

Pero no.

 

Observo.

A la redonda un papel higiénico, un albornoz naranja;

y me doy cuenta de cómo está este espacio infectado de recuerdos.

 

Cojo el libro de Doris Lessing

-de gente que ama, que está sola, o que tiene la ilusión de no estarlo nunca más-,

llamo a Yuki lo más dulcemente que se puede.

Él se tumba a la izquierda de ella,

y yo sobre la cama

en la que has vivido conmigo casi veinticuatro horas.

La cama sobre la que me dejo caer sola ahora.

Me hundo en su espacio blando,

me absorbe,

me pierdo en su longitud,

a lo ancho,

en su espesura.

Ya han pasado cinco minutos desde que te has ido.